Arequipeño, ni grande ni pequeño Por: Eloy Lima.* Esta es una frase que, generalmente se dice con no buenas intenciones, referida a los nacidos en la ciudad de Arequipa, y que se difunde con mucha facilidad, para molestia de los arequipeños.
Las reacciones a veces son desmedidas, no acomedidas, y no dignas del buen talante de estos aborígenes instalados al pie de Misti. Como un habitante de la región, y por mi trabajo en diversas partes del Perú profundo, expongo para vuestra disposición lo que parece ser un buen fundamento a dicha frase descubierto en ese recorrido. Y no es solo versión mía por si acaso. A mediados del siglo pasado, cuando la ejecución de las grandes obras (represas, hidroeléctricas, carreteras, túneles, puentes, etc.) en el Perú eran acicateadas por la modernidad emergente, la ocupación de mano de obra era abundante dado que las maquinarias aun eran herramienta complementaria de la labor del hombre. Los robots actuales que ejecutan con independencia y menor riesgo una labor, como la de construir un túnel para la red de Metro, eran solo idea. En esas circunstancias por ejemplo durante la construcción del Túnel Trasandino de Marcapomacocha – Lima (10 Km. De longitud, a mas de 4000 msnm), que atraviesa la cordillera Occidental, trayendo las aguas de la vertiente del Atlántico, río Mantaro hacia el Pacifico, río Rimac, proporcionando también agua para la supervivencia de la ciudad de Lima. Las consiguientes construcciones de túneles y galerías para las grandes hidroeléctricas que se proyectaron aguas abajo, dentro del inmenso conglomerado de gente venida de todas partes del país, para trabajar en dichas obras, trajo por razones de rendimiento, una conclusión: QUE LOS MEJORES CAPATACES EN ESTAS GRANDES OBRAS ERAN LOS AREQUIPEÑOS. Y esto es una expresión todavía aceptada en silencio en diversas regiones del Perú.
¿Qué es un capataz?. Un capataz es un intermediario calificado entre el personal menor, mano de obra y los denominados jefes o pensantes, al que se entrega un látigo en mano. La concepción aun vigente es que el jefe es el que ejecuta fielmente los parámetros de la obra bajo cualquier circunstancia ya que es el responsable de campo. Un obrero es el que obedece y aplica su fuerza de trabajo bajo la supervisión del capataz. Un capataz es el que debe conocer, enseñar y vigilar con rigor al obrero a ejecutar un trabajo de precisión, pero a la vez es el que conoce en medida adecuada y suficiente los detalles técnicos de la obra que conlleven a una ejecución de calidad. Hasta aquí todo bien. Y ¿donde viene lo de ni grande ni pequeño? Pues agarraos de vuestros asientos estimados characatos, autóctonos e invasores:
Su base es que el conjunto de trabajadores arequipeños tenia fortaleza física (buena alimentación desde temprano), aceptable presencia física( cuestiones de razas, coloraciones de piel, estatura, y otros factores que hasta hoy son base de discriminación), es decir buen pepián -, y discernimiento mental mas que aceptable (listos, preguntones, y curiosos) como para acoger y hacerse merecedores a una participación mas calificada que un obrero, a la que sumaba un carácter y fuerza de voluntad (mando) que eran garantía para el cumplimiento de encargos y determinaban su situación como capataz o mando intermedio (NI PEQUEÑO) .
Pero nada es perfecto. Había un problema derivado de la nevada o la rebeldía intrínseca (léase difícilmente comprensible) en el serrano – Y el arequipeño es serrano, quiera reconocerlo o no - Esto como herencia de la conquista, era su extrema sensibilidad con el maltrato de jefes negreros o condiciones a su criterio, injustas de trabajo que hacían mella en el obrero, principalmente por deficiencias de Seguridad que podían derivar en graves accidentes de trabajo. Como no podía ser de otra manera en la encrucijada de tomar parte por el jefe o por el obrero, como sindicalista nato, se convertía en portavoz del obrero. (NI GRANDE). Era difícil por tanto que un arequipeño llegara a ser jefe. Y es sabido que alguien que aspira a jefe debe comerse las sensibilidades y criterios de índole reivindicatorio y apuntar hacia la prosecución de la obra cualquiera fuese la adversidad de las circunstancias, asumir mayores riesgos, es decir pensar como jefe. Quien exprese lo contrario lo hace “de la boca para afuera”. Esto es, el lado sentimental characato, prevaleció sobre su lado empresarial, doblegando al arequipeño, evidenciando lo peruano que es. ¿Será por eso que no crecemos? Este fue el panorama del arequipeño, ni grande (Jefe) ni pequeño (obrero), solo arequipeño, capataz, mando medio, sediento bebedor de chicha en vaso de a litro, masticador de mote (maíz hervido con anís), cascador de tronchas, parroquiano de picanterías a leña y recitador de yaravíes. De allí el dicho, Arequipeño, ni grande ni pequeño, que persigue y perseguirá los characatos "a onde vayan oigausté". No lo toméis a mal estimados lonccos. Y antes de contestar con desagrado, os aconsejo que leáis por lo menos unas tres veces el presente relato. Os sentará bien y hasta puede llevaros a una reflexión profunda, que es el propósito del presente relato.
Un saludo a un laborioso capataz arequipeño, don Luis Chaparro, a quien conocí en la construcción de la Represa Yuracmayo (Huarochirí – Lima), y de quien se decía que era tan requerido y antiguo que había participado también en la construcción de Macchu Pichu, Pirámides de Egipto, la Muralla China y había empezado su carrera en los Jardines Colgantes de Babilonia.
*El presente documento fue enviado gentilmente por Eloy Lima para su amigo Walter Tinta, Probablemente desde EEUU o desde alguna parte de Europa, lugares que acogen su exilio voluntario. Los enardecidos arequipeños han considerado desterrar a este ilustre majeño por sus análisis más picantes que rocoto de Tiabaya, pero le ofrecemos asilo en el hotel Kuntur Wassi, en el profundo Cañón del Colca, donde encontrará protección y afecto de los “Cabanas” y “Collaguas”. |
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