La derrota del Melgar en el Colca
 

Autor: Cesáreo Martínez Sánchez

"Para Walter Tinta, quien lee el pasado y el futro 
en las arrugas de la tierra."

 
La primera vez que los cristianos de Cabanaconde vieron una verdadera pelota de fútbol fue cuando el joven Claudio Tinta Feria - puntero derecho del Melgar FC - llevó a ese equipo arequipeño hasta su terruño, el último y más importante poblado del Cañón del Colca.

Convertido en el orgullo mistiano, el Melgar era el campeón irrefutable de todo el sur peruano. Nadie, ni los enrazados cusqueños, ni los del Patriótico Tacna habían logrado despojarlo del cetro que los characatos llevaban muy en alto. Aquí la historia de una derrota no anunciada del equipo de fútbol que tramontó la cordillera, en una aventura realmente alucinante, para volver vencido y humillado.

Don Claudio Tinta, Puntero del Melgar

AREQUIPA era la gran metrópoli en aquellos años treinta, y sólo se le podía parangonear con Lima, ciudad que la mayoría de los arequipeños sólo conocían de nombre. Los hijos de los hacendados y pudientes de la región, inclusive de otras latitudes como La Paz o Cochabamba, venían en largas caravanas a estudiar en el Colegio de la Independencia Americana, y regresaban a sus pueblos de origen al finalizar cada año escolar, llevándose en la memoria el orgullo de los arequipeños.

El joven Claudio Tinta Feria había llegado a Arequipa arrastrado por el relumbrón de la ciudad y requerido por su tío, el Jesuita Saturnino Pastor Feria, quien lo matriculó en la Normal Superior de Arequipa, “para sacarlo del monte y separarlo de las malas juntas”, pues don Claudio, a pesar de sus dieciocho años, ya se había casado y, rebelde como era, se había peleado con sus padres. De modo que después de viajar a lomo de bestia durante cinco días, empezó a asistir a sus clases en la normal.

Se levantaba muy temprano y se iba a entrenar en la cancha del Colegio Independencia, donde ya lo conocían por su rudeza y velocidad. Su tío, el reverendo Saturnino, lo educó en las más rígidas normas, inculcándole el deber y la obediencia. Debía llevar el pelo al corte “alemán”, es decir al rape, pues “sólo los malhechores llevan el pelo como las mulas”, y comprándole dos ternos color azul marino, lo instó a ser el primer alumno de su salón, encargo que cumplió con creces.

Una mañana que salía de la ducha después del partido de entrenamiento, se le acercó el señor Adolfo Muñoz Nájar, preguntándole que si no quería pertenecer al Club Melgar. El muchacho respondió que él quería, pero ha hablaran primero con su tío. El padre Saturnino se opuso rotundamente, alegando que por la pelota descuidaría sus estudios. “yo no quiero tener un sobrino futbolista – dijo, tajante-, sino un normalista urbano”. Fue tan grande la decepción del muchacho que empezó a incumplir las obligaciones diciendo que si no lo dejaban jugar en el Melgar, se regresaba a Cabanaconde. Entonces el sacerdote optó por presionarlo. Le suspendió las propinas y los días libres. Lo encerraba en la sacristía obligándole a rezar padrenuestros.

Cuando volvió a hablarle don Adolfo Muñoz Nájar, él ya había tomado su decisión. Abandonó la casa sacerdotal y se fue a vivir donde Malaquías Martínez, un negro retinto que acaba de llegar de Chincha, contratado precisamente por el Melgar. Desde entonces el negro y el cholo no se separaron. Después de los entrenamientos se iban por la campiña, huyendo de la multitud de curiosos que seguía al negro. Porque, a decir verdad la llegada de Malaquías produjo en Arequipa una verdadera conmoción social.

La gente lo seguía con el deseo de tocarlo, porque algunos decían que era de brea y querían comprobarlo. Otros afirmaban que era milagroso y lo perseguían pidiéndole que por favor sanara sus males.

Las Señoritas Goyeneche

Malaquías y su mujer vivían en un caserón que era propiedad de las señoritas Goyeneche., dos hermanas solteronas que se manejaban la lengua más suelta y retórica de todo el sur peruano. De inmediato tomaron a la mujer de Malaquías para que les sirviera de dama de compañía. Ellas decían que la gente morena era honrada y limpia. De modo que la instalaron muy cerca a sus dormitorios y la tenían siempre a la mano para sus mandados.

“Obscura – decía doña Lucrecia Goyeneche -, cierra ese par de láminas vibrantes para que no entre el céfiro volante” por decir: Negra, cierra las ventanas para que no entre el viento. O al ver pasar un burro cargado de leña: “Obscura, pregunta al honrado campesino cuánto cuesta el haz de combustible que lleva ese noble cuadrúpedo”. A pesar de lo enmarañado de estas frases, muy pronto la mujer de Malaquías se hizo al nuevo ambiente y se encariñó con las señoritas Goyeneche, quienes la trataban con afectada simpatía.

El Viaje del Melgar a Cabanaconde

El puntero derecho del Melgar FC tenía una deuda con Cabanaconde. Sus padres, al enterarse de las desavenencias con su tío, decidieron desheredarlo y le escribieron una extensa carta en la que le decían que él ya no era más el hijo de ellos, ni que espere ser recibido cuando vuelva. Pero esto no lo amilanó. Por el contrario, acudía con mucha puntualidad a los entrenamientos, convirtiéndose en la estrella del equipo mistiano. Entonces. Con el propósito de alcanzar el perdón de sus padres, urdió una estratagema. Llevaría al club Melgar hasta Cabanaconde, para demostrar a los suyos quién era Claudio Tinta Feria. Con este objetivo, emprendió una campaña que tenía el propósito de convencer a los directivos del Melgar para ir a Cabanaconde.

Con la ilusión de llevar al campeón del sur peruano a su pueblo, echó mano a su fantasía y empezó a relatar ante sus candorosos compañeros las maravillas que se encontraban en el Colca. Decía que a orillas del río, al pie de Cabanaconde, había una gigantesca huerta llena de encantos, donde las sirenas salían del agua a solearse en las piedras y enamoraban a cuanto joven llegaba hasta allí; aseguraba que de ese valle encantado provenía toda la fruta que comían los arequipeños. Luego decía que había un manantial cuyas aguas devolvían la juventud a los ancianos, y que en todas las casas se guardaban vajillas de oro que los lugareños sacaban cuando llegaban visitantes ilustres.

Poco a poco, los directivos del club fueron cediendo ante la exigencia de los jugadores, y la posibilidad, que empezó muy remota, iba abriéndose paso ante la frondosidad imaginativa del puntero derecho del Melgar.

Finalmente los directivos del club decidieron el viaje, convencidos más por las ardentías de la aventura que por las maravillas que narraba Claudio Tinta. Alquilaron cuarenta de los mejores caballos y diez mulas de un potrero de Tiabaya y emprendieron el viaje hacia el cañón del Colca.

El primer día acamparon en una estancia, a más de 4,500 metros de altura, a las espaldas del volcán Misti. Don Adolfo Muñoz Nájar conocía la zona, por eso fue quien menos sufrió las inclemencias del clima. Muy bien guarecido en un poncho de vicuña, se paseaba por la zona como en su propia casa. Llevaba una carabina con la que cazó dos vicuñas y muchas vizcachas.

Un jugador, camanejo él, había llevado una guitarra y cantaba hermosos valses y huaynos en torno a las fogatas que hacían en las pascanas.

Al día siguiente llegaron a Chivay, capital de la provincia. Pero primero habían visto el hermoso cañón del Colca, realmente maravillados, con una extraña sensación de dicha, temor y vacío, ante la portentosa laboriosidad de la naturaleza.

De allí descendieron a lo largo del valle, deteniéndose en los pueblos escasamente para tomar sus alimentos y revisar las herraduras de los caballos. Al tercer día llegaron a Maca, pequeño poblado – que tenía una hermosa iglesia de construcción colonial de donde salían bellísimas campesinas- que hacía años se estaba hundiendo con el peso del aire, a vista y paciencia de los asustados lugareños y los escasos visitantes, que generalmente eran arrieros o abigeos. En Maca, el azulino Malaquías se enamoró perdidamente de una muchacha, quien lo tocaba con las dos manos más por curiosidad que con algún interés. A esta linda chica el cabanacondino Claudio Tinta tuvo que hablarle en quechua para explicarle que el negro no era de brea, asegurándole que más bien él la amaba mucho. Pero la muchacha no accedió; lo miraba simplemente admirada, tratando de comprender cómo en otras tierras había gente de ese color.

Al cuarto día avistaron Cabanaconde. Era un pueblo levantado en las faldas de un cerro. Más allá estaba la blanquísima cumbre del volcán Walca - Walca. Llegaron a la plaza de Cabanaconde, donde una multitud los recibió. Los lugareños habían congregado a todos los pueblos de la provincia, y cada pueblo había llegado con su banda de músicos y banderolas en las que daban la bienvenida al Melgar.

El Partido

Esa noche hubo gran fiesta, mejor comilona y borrachera general. Los principales, entre los que se encontraban los progenitores del puntero derecho, se habían esmerado para decepcionar a los famosos visitantes. En la fiesta del salón comunal corrió vino y cañazo, traídos exprofésamente desde el valle de Majes. Los jugadores, contraviniendo las recomendaciones del señor Adolfo Muñoz Nájar, se dejaron engatusar por las damitas de Cabanaconde y se retiraron muy tarde completamente borrachos. Ellas se habían mostrado especialmente atentas con los jugadores, derrochando sus encantos con el propósito de emborracharlos, y lo consiguieron.

Al día siguiente, a las tres de la tarde, los jugadores del Melgar FC salieron a la cancha cansados, desanimados y maltrechos. El equipo de Cabanaconde estaba conformado por recios cholos que por primera vez calzaban chuzos, algunos policías y el sacerdote del pueblo.

A los pocos minutos de empezado el partido Cabanaconde supo que perdería. La destreza de los arequipeños era suficiente contra la fuerza de los contrincantes. Entonces el joven Claudio Tinta Feria habló con el señor Muñoz Nájar para que lo dejara jugar por su pueblo. El directivo accedió complacido, sabiendo que los esfuerzos de su pupilo serían en vano. Hubo un gol de parte del Melgar y los cabanacondinos hicieron sonar sus cornetas con furor. Claudio Tinta dirigía a sus paisanos gritándoles quechua, y asegurándoles que de todos modos ganarían el partido. Los lugareños, acostumbrados a las sumisas ojotas, corrían tras la pelota con mucha dificultad. Uno de ellos, luego de errar un tiro que pudo haber sido gol seguro en otras circunstancias, se paró en seco, se sacó los chimpunes y los arrojó fuera de la cancha. Los demás lo imitaron y entonces sí que empezó el partido. Descalzos y aleonados, corrían tras la pelota tumbando a sus oponentes. El sargento, luego de fintear al negro Malaquías, metió un gol, arrancando un grito estentóreo que se escuchó en todo el valle.

Desde ese momento sólo se escuchó el griterío de la gente mezclado con los sones de las varias bandas de músicos y los waka waqras. El partido terminó tres a uno y el puntero derecho del Melgar  fue perdonado por sus padres, terminó sus estudios, y fue el mejor normalista urbano de Cabanaconde y la provincia de Caylloma por el resto de sus días.

Cesáreo Martínez Sánchez “Chacho”, poeta cotahuasino, dilecto amigo de don Claudio y de los cabanacondinos.