La Apuesta

Por: Walter Tinta Junco


En la tienda de la “lunareja”, los fines de semana solían reunirse los compadres, para comentar las novedades de la semana, jugar a las cartas y echarse unas copas, y cuando no, varias botellas del buen cañazo majeño. Hablaban de la helada y las sequías, de cómo abrir un túnel en Hualcahualca para hacer brotar el agua, los secretos y poderes de la cola de zorro para conquistar a las buena mozas, de tapadas y tesoros de oro y plata, enterrados junto a una gigantesca campana fundida por los españoles en algún lugar de Cabanaconde, de cómo conseguir semilla de papa que diera frutos de más de un kilo cada uno, de los robos que ocurrían en el pueblo, de los abigeos que hacían desaparecer los ganados. Sin embargo, los temas de abusos de autoridad, arrebatos de tierra y otros asuntos estaban vedados por temor a las autoridades que se encontraban en el grupo.

Los compadres estaban constituidos por varios miembros, entre los principales estaban. Don Cornelio Chura el “huayllas”1 el hombre que nunca agarraba ninguna herramienta, no sabía lampear, ni fue al ejército, era un apóstol, pero era bonachón, tenía su tienda de expendio de aguardiente, además en los casinos siempre perdía. Compraba el trago de majes puro, y para vender lo mezclaba con agua hervida con tantar 2 y tabaco de cigarro inca (50 y 50%). El sabor era de trago fuerte, pero era pura agua.

El otro compadre era don Nicanor García, eterna autoridad del pueblo, de juez pasaba a gobernador y de gobernador a alcalde, se sabía toda la historia del pueblo, especialmente de los testamentos, de los juicios, de los pleitos entre paisanos. Su autoridad lo medía según la cantidad de “obsequios” que recibía, que podía ser desde una botella de “ hampi” 3,  hasta una res, pero quienes no gozaban de su venia podían llegar al mismo infierno, así había mandado a varios inocentes a la cárcel.

Cuando tomaba se ponía fiero por eso le pusieron el nombre de “barrabás”, desafiaba a pulsear o medir fuerzas, y aún siendo de corta estatura no tenía miedo de medirse con los grandes. Una vez incluso le pegó a un policía que había acudido a su casa cuando se peleaba con su mujer. Era muy religioso, no faltaba a ninguna misa, donde comulgaba infaltablemente; y en las procesiones iba junto al tatacura llevando el sirio y mostrando profunda constricción.

El tercer miembro consuetudinario era Beltrán Garrido, un camanejo, casado con cabaneña quien era buen futbolista, había jugado en el Aurora de Arequipa. No tenía oficio conocido, pero siempre tenía sus billetes en el bolsillo, algunos decían que había hecho pacto con el diablo para tener siempre plata y cualquier día podría pagar con su vida. A dicho grupo se le juntaban algunos parroquianos como Emeterio Chahua, Antenor Saico, Uldarico Anco, entre otros, estos últimos iban más a esas reuniones más por la caña que por el gusto de conversar o jugar.

En esos tiempos había ocurrido un horroroso crimen, la señora Severa Hamañe había muerto en circunstancias muy sospechosas. Su cuerpo fue encontrado ahorcado dentro de su casa, era una señora muy querida, trabajaba vendiendo tejidos que ella misma preparaba. Su esposo Arnulfo Gamarra, ganadero de oficio, había salido de viaje  para cobrar una deuda a un ganadero de Huanca, a quien hace dos meses había vendido 3 yuntas, con la condición de que cancelaría los dos mil soles restantes en unos 15 días. Luego de la venta en el camal de las Pampas de Majes, después de una larga espera, Arnulfo Gamarra consultó al juez sobre el paso a seguir, recibiendo por consejo ir a reclamar la deuda.

Justamente regresó a su casa la misma noche del crimen, por lo que los ojos del pueblo y las autoridades lo miraron con sospecha. Los policías lo detuvieron y llevaron al calabozo mientras el detenido gritaba ser inocente. El juez lo juzgó rápidamente al segundo día y lo sentenció culpable y que debía ser juzgado en la corte de Chivay, a donde debería ser trasladado en el ómnibus que salía para Arequipa a las 6 de la mañana del día siguiente.

Cuando los gendarmes abrieron la puerta del calabozo a las 5 de la mañana del día del viaje, no encontraron a nadie en su interior; Arnulfo Gamarra había escapado, entonces comunicaron al gobernador y a las autoridades sobre la fuga del peligroso asesino.

Muchos voluntarios acompañaron a la policía para atrapar al facineroso, siguieron sus huellas y pronto lo descubrieron por el camino a Sangalle, le gritaron que se entregue, pero el fugitivo trepó los acantilados para seguir escapando. Uno de los policías alistó su rifle y apuntando con destreza, le disparó como a un venado, su cuerpo resbaló por el acantilado, siendo rescatado en pedazos.

Por su pecado capital fue enterrado sin cruz y sin ninguna señal, sin responso del cura, convirtiéndose en alma en pena, fantasma viviente, a quien empezaron a tenerle gran temor.

Cuentan que lo vieron deambular sin rumbo, salía en las noches del cementerio arrastrando cadenas, deambulaba por los caminos clamando venganza y pidiendo perdón a su mujer. La población tenía pánico y dormían poniendo cruces de madera o de hierro a sus puertas.

A los tiempos de ese execrable acontecimiento los compadres se reunieron una tarde como de rutina. Después de las siete ruedas de casino, ya se habían soplado mas de cuatro botellas del buen majes, los ánimos se calentaron y empezaron con las bravatadas y las apuestas. “Barrabás” ya había ganado a todos con el casino y en medir fuerzas, empezando a burlarse de sus compadres, llamándolos cobardes, inútiles y  tramposos.


Entonces todo el grupo reaccionó reclamando que si era tan hombre, por qué no visitaba a las doce de la noche la tumba del condenado, a lo que “barrabás” no tuvo más remedio que consentir, pidiendo una media botella de majes “pa’l frío”.

Beltrán Garrido quiso asegurarse de que el pretencioso juez llegue hasta la tumba, para lo cual debería dejar una señal. Acordaron que plantaría una barreta al pie de la tumba, y entonces,  “Barrabás” partió al camposanto media hora antes de la media noche, bien abrigado con poncho y chalina, más la media botella, prometiendo regresar antes de la una para seguir tomando.

Los amigos le esperaron hasta las tres de la mañana, al ver que no regresaba, optaron por retirarse creyendo que habían sido engañados por “Barrabás”.

Al día siguiente muy temprano se presentó en la casa de cada uno de los compadres doña Inocencia la mujer de “Barrabás”, para indagar la suerte de su marido, pero nadie supo responder nada, hasta que al final relataron lo de la apuesta y fueron al camposanto, donde se llevaron enorme susto al ver muerto a don Nicanor García con un rictus de espanto y de terrible sufrimiento en el rostro y los dedos ensangrentados clavados en la tierra.

Hicieron la reconstrucción de la muerte, los policías encontraron que el poncho que usaba el señor Juez estaba fijado al suelo por la barreta, entonces pensaron que en la oscuridad de la noche el temerario hombre plantó la barreta e inmediatamente quiso salir corriendo del lugar, cuando sintió en la huida que alguien le sujetaba del poncho, se desesperó y se ahorcó solo.

En cambio otros caminantes nocturnos juran que el condenado les confesó que él mató a “Barrabás” en acto de venganza, por que en el más allá su mujer le contó que el juez la había matado, en su intento de evitar el robo de la venta del ganado.


Notas:

1 En quechua: inútil, lento,
2 Arbusto espinoso de hojas amargas.
3 Remedio elaborado con hierbas y cañazo.