La Encomienda

Eleuterio Llasaca, tenía 12 años, era el mayor de cinco hermanos, cursaba el 4to de primaria en la escuela fiscal del poblado de Cherjac. Desde transición destacó en educación física y aritmética, disciplinas donde sacaba altos calificativos, fue el alumno predilecto del profesor don Constantino Telles, normalista urbano, quien decía que este muchacho llegaría a ser un gran profesional y sin duda una gran autoridad de la provincia.

Eleuterio, salía a declamar o actuar en todas las efemérides y celebraciones escolares, en los campeonatos deportivos era brillante, sobre todo en el box, pese a que no era agorilado era buen peleador tenia buena zurda y noqueaba a cuanto oponente se le presentaba, no obstante, era un compañero querido y respetado. Era un muchacho extrovertido, alegre y acriollado, el único que aprendió a bailar el twis y rock and roll, cuando sus compañeros preferían solo el huayno. Su sueño siempre fue salir del pueblo, estudiar en un centro superior para ser profesional y ayudar a sus padres y hermanos menores, también soñaba hacerse una casa en alguna ciudad, más bonita que la iglesia del pueblo. Por ser el hermano mayor sus padres lo engreían, era el único que tenía pelota de cuero y bicicleta, vestía ropas de vaquero que su papá traía de majes, usaba un sombrero de copa puntiaguda y ala ancha por lo que le decían el “coboy” (cowboy).

Cuando empezaba a cursar el quinto año de primaria, la vida de Eleuterio dio un giro brusco, al fallecer su padre en manos de asaltantes , cuando traía cañazo de Majes. Desde entonces empezaron los sufrimientos del otrora engreído y ahora huérfano muchacho. La madre no supo darle la disciplina y el apoyo económico necesarios, entonces Llasaca empezó a desmejorar en sus estudios, por ejemplo ciertos días faltaba a clases, se iba a los “solay” (sembrío de maíz) donde quería aprender a agarrar el arado y convertirse en “gañan”, de allí regresaba con los bolsillos llenos de cancha con queso, que se había ganado por ser buen guiador. También se iba para Ayón, huerto ubicado a las orillas del cañón Colca, donde cosechaba naranjas, higos, guayabas, pepinos, cidras, granadillas, que los obsequiaba a sus profesores y algo los vendía. También su madre le imponía algunas tareas domésticas, ciertos días mientras la madre se encontraba en las labores de la cosecha, Eleuterio tenía que ayudar en la casa atendiendo a sus hermanos menores, o cuidando de las vacas y de las mulas que su padre había dejado, tareas que le desagradaban por que le separaban del estudio.

Cierto día se le vio acercarse a la madre de Eleuterio hacia la dirección de la escuela. Hablaron con el profesor don Constantino Telles. La madre se quejó de la poca colaboración que recibía de su hijo y le solicitó su autorización para que abandone los estudios. Sabiendo de los malos momentos que le tocaba vivir a Eleuterio y de las buenas dotes de su mejor alumno, el profesor le aconsejó a la madre hacer un último esfuerzo para que su hijo termine sus estudios, ofreciéndole ayuda, a la madre se le vio salir llorando de la dirección. Después de esa conversación Llasaca nuevamente asistió regularmente a la escuela, pero ya no era el muchacho juguetón y amiguero, se puso muy serio, pocas veces aceptaba salir en actuaciones y a veces golpeaba por gusto a sus compañeros. Al final del año escolar obtuvo el primer puesto y le dieron la beca En la clausura del año escolar avisó a sus compañeros que estudiaría para ser aviador.

Al poco tiempo de las fiestas de navidad, Llasaca desapareció del pueblo, después se supo que se había escapado para Arequipa, porque su madre no quería ayudarle en sus estudios secundarios. En su huida le había robado algunas monedas de nueve décimos y dos libras esterlinas que su madre guardaba como único recuerdo de sus padres.

En Arequipa gracias a la recomendación de su profesor entró a trabajar en el Club Internacional, donde le encargaron la limpieza de la biblioteca, oportunidad que aprovechó para leer a José Carlos Mariátegui, Cesar Vallejo, Gonzales Prada, entre otros autores nacionales, pero quien más le impresionó fue Victor Hugo, con su obra Los Miserables, naciendo en él amor por la justicia.

Para estudiar en el colegio independencia tuvo que abandonar el trabajo. Para ingresar al colegio tuvo que dar un examen de suficiencia saliendo aprobado. Su condición de becado le liberaba de muchos gastos como la pensión escolar y los alimentos. En el colegio Independencia en su condición de interno tenía todo gratis.

No obstante que Llasaca era un serrano blanquiñoso, sus compañeros lo miraban con cierto prejuicio, lo serraneaban, pero para evitar tratos raciales nunca había dicho que era de Cherjac, sino de la costa, de Ayón, ubicado en las cabeceras de Majes donde el decía tener su hacienda, donde crecía plátanos, chirimoyas y donde tenía muchas vacas y caballos. Efectivamente Llasaca se iba juntando con los alumnos más pitucos y como era peleador y sabía boxear, les había demostrado superioridad, sus compañeros lo admitieron en el grupo e incluso llegó a ser el brigadier de la clase.

Después de varios años, en su pueblo no se sabía nada de él, entonces su madre preocupada, preparó unos dos quintales de chochoca, fue a la huerta y trajo unos cuatro cerones de naranja, de la truja desgranó dos arrobas de maíz, con la venta de dichos productos obtendría plata para sus pasajes y para comprarle algo para su hijo, además preparo un tostado especial de maíz blanco y con un molde de queso lo cosió como encomienda en una tela de harina.

Luego de viajar a pie hasta Pampa de Arrieros, durante tres días y dos noches de camino, se embarcó en el tren a. Arequipa, Inmediatamente que llegó para Arequipa, la señora se alojó en el Tambo Manrique y guardando sus bultos, fue a ver a su hijo para entregarle su encomienda, se presentó en el ingreso principal del colegio Independencia, solicitando al portero que le dejaran ingresar, quien no podía entender el mensaje de la extraña persona que solo hablaba quechua, ante tanto ruego se compadeció y le hizo pasar a la recepción. La señora con dificultad hizo entender que quería entregar a su hijo una encomienda

Luego de un tiempo que fueron a llamar al estudiante, en el pabellón donde estudiaba se escucharon gritos que retumbaron  ¡¡¡¡Liborio es serrano!!!,  ¡¡¡¡Eleuterio es serrano!!!, ¡¡¡¡ su mamá es una india !!!, ¡¡¡¡ su mamá es una india !!!,

La madre reconoció a su hijo desde que lo vio lejos en el patio, su corazón latía aceleradamente, quería abrazarlo, de sus ojos brotaron lágrimas de alegría, en su memoria surgieron mil recuerdos, vio que se parecía más y más a su padre. Eleuterio se presentó en la recepción y al ver a su madre en ese estado, no sabía si acercarse o no, vio a una mujer delgada, con algunas arrugas en la cara, con escasos dientes y ojos rojizos, los pelos canosos separados en dos trenzas se ocultaban bajo un sombrero raído, vestía atuendos típicos de su pueblo, usaba pollera roja de bayeta, calzaba ojotas y en su brazo sostenía un pequeño bulto, era la encomienda que contenía cancha de maíz, queso y charqui. En el momento en que ella quería ofrecerle el presente, Eleuterio le lanzó una mirada fulminante de reproche, disimuladamente le dijo en quechua que se fuera y que él iría a recoger la encomienda y le reclamó porque había ido al colegio, y que se vaya. La vieja entendiendo su imprudencia, de haber hecho pasar vergüenza a su querido hijo, se retiró en silencio, se perdió en el pasillo con pasos apresurados, pero con el sufrimiento en su corazón de no haber podido abrazar a su querido hijo y no haber podido entregarle la preciada encomienda.

Los compañeros de Llasaca y especialmente sus enemigos, a quienes les había ganado en deportes, le hicieron carga montón, le acusaron de serrano y de indio, de quechua-hablante, de tener una madre polleruda. Ante la acusación negó que fuera su madre, dijo que era una sirvienta que había traído encargo de la hacienda.

No supo resistir el insulto de sus colegas y se cambió para el colegio América.

Más tarde fue un brillante abogado, supo querer a su anciana madre y justo cuando iba a recibir el cargo de presidente de la Corte Suprema, le avisaron que su madre agonizaba en su pueblo natal. Envió una carta rechazando el alto cargo, cuando llegó a su pueblo la anciana agonizaba, se acercó a su madre y ella al ver a su hijo lanzó una ultima mirada le tomó de su mano y se dibujó una débil sonrisa en su arrugado rostro y cerró los ojos

A Llasaca le brotaron gruesas lágrimas, como todo hijo quedó en deuda con su anciana madre a quien alguna vez la había negado y de cuyo hecho nunca pudo perdonarse.